51 villas con una gran historia en Benicasim

Un Biarritz en el Mediterráneo: 51 villas con una gran historia en Benicasim

Benicàssim Belle Époque, una fiesta en la que se redescubre la ciudad de los años 20 del pasado siglo, celebrará su décima edición del 30 de agosto a 5 de septiembre

Villa Elisa, junto al arenal de Benicasim

Villa Elisa, junto al arenal de Benicasim.

Benicasim solía aparece en los periódicos por su enorme festival de música en verano, suspendido en la edición de 2020 y reconvertido en la de este año. Luce Benicàssim ha programado una serie de conciertos -del 17 al 31 de julio- que se celebrarán en el mismo recinto donde normalmente se desbordaba la música los días del FIB y Rototom. Entre los confirmados, Iván Ferreiro, Izal, Aitana, Vanesa Martín, Pablo López o Mónica Naranjo.

Pero este verano hay otra cita menos popular, pero muy interesante. La idea es (re)descubrir la ciudad de los años 20. Un evento que este año llega a su décimo aniversario. Benicàssim Belle Époque se celebrará del 30 de agosto hasta el 5 de septiembre, y los detalles se conocerán la próxima semana, en Fitur.

El paseo marítimo de Benicasim (Benicàssim) no suele aparecer en las listas de los más bonitos de España. Hay quien incluso se queja de que hay pocos bares y tiendas (aplíquese el dicho de los gustos y los colores). Y sin embargo, ese camino que va desde el hotel Voramar -construido en 1930- hasta la Escuela de Vela, con pocos chiringuitos y decenas de muestras de arquitectura superior, merece sobradamente un viaje y horas de apasionado descubrimiento. Ahí sigue, como a finales del siglo XIX, cuando empezó todo, cuando llegó el ferrocarril y cambió la vida de esta costa tan cercana a Castellón capital que se atisba al final del horizonte.

Hacia 1872, el ingeniero Joaquín Coloma Grau dirigía las obras de la línea de tren de Almansa a Valencia y Tarragona. Benicasim era una parada en el camino que se alargó más de lo esperado por la difícil orografía del terreno entre esta localidad y la cercana Oropesa. Desde la playa se aprecian las elevaciones montañosas que separan los dos municipios, que en su momento debieron significar una tortura de rocas y problemas. Quizá por eso invitó a su esposa, Pilar Fortis Mas, y a su familia, a pasar el verano en aquella costa virgen y con mínimas instalaciones para un turismo que no existía. Dicen que Doña Pilar aportó 15.000 pesetas de su dote para construir una residencia veraniega que, en su honor, llamó Villa Pilar. Fue la primera de estas edificaciones que hoy engalanan el paseo marítimo. En total hay cincuenta y una catalogadas, y de ellas diecinueve señalizadas.

Villa Pilar se construyó sobre un terreno que Joaquín Coloma compró a don Bautista Contell Villarroig el 13 de septiembre de 1879. Pronto aquella residencia tuvo compañía. Otros amigos del matrimonio Coloma compraron terrenos y edificaron allí sus residencias de verano. Villa Teresa, del ingeniero Mauro Serret, o Villa Cándida, del banquero Vicente Carles. Súbito, nació un Biarritz en el Mediterráneo, con tres zonas bien diferenciadas: la norte, a la que se conoció como «infierno» debido a las fiestas que allí se organizaban; la sur, o «corte celestial», con vecinos más tranquilos, y el centro, que no podía conocerse de otra forma que el «limbo». En los últimos años, Benicasim ha tratado de recuperar ese espíritu con una fiesta anual llamada Benicàssim Belle Époque, que suele celebrarse en los primeros días de septiembre.

 

La torre del Voramar, al final de la playa urbana de Benicasim
La torre del Voramar, al final de la playa urbana de Benicasim.

De la vieja vía del tren no queda nada, salvo un puente de hierro en el pueblo. Sin embargo, el mismo recorrido es hoy una vía verde que llega a Oropesa, un camino perfecto para hacer en bici que serpentea por un paisaje de mar, calas y túneles, aquellos huecos en la montaña que tanto trabajo le dieron al ingeniero Coloma y que iban a cambiar la historia de Benicasim. Después de las villas vendría el Voromar, y la novela de Manuel Vicent ‘El León de ojos verdes’, inspirada en la escultura que todavía puede verse en la entrada. Desde allí, junto a un granizado de limón, es fácil imaginar los tiempos de las noches de farra, los coches de principios de siglo, las tertulias de escritores mirando al mar. Dicen que un día de agosto de 1953 llegó al Voramar Brigitte Bardot. Tenía 19 años. Era un dulce pájaro de juventud.

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